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Siempre vi a los militares con recelo y desconfianza. La primera imagen que tuve de ellos fue la de gobernantes que utilizaban la fuerza para detentar el poder; luego, la de abusivos servidores públicos que, mientras más alto el grado jerárquico, usufructuaban el erario nacional para fines personales cual vulgares corruptos y facinerosos del ámbito local; después, ya en mi adolescencia, no tenía dudas que las Fuerzas Armadas (FFAA) sobresalían como bestias hambrientas que se alimentaban de la sangre de los ciudadanos rebeldes y progresistas, y que deambulaban por el patio nacional como los porta estandartes de la violación a los derechos humanos. No era buena la imagen que tenia de ellos, y creo que muchos –salvo los lacayos que se beneficiaban de las migajas que caían de su mesa- tenían esa misma impresión de las huestes castrenses.
Nadie que vivió el violento golpe de Estado de 1963, podría tener en su mente el recuerdo de un decente oficial verde olivo, cuando en la retina popular aun está impresa la imagen de los cadáveres de centenares de hondureños asesinados y heridos, como consecuencia de las acciones brutales de los militares golpistas. El dictador Oswaldo López Arellano se volvió millonario durante la década que “gobernó”, pasando de ser un “chafarote común y corriente” a un potentado empresario y banquero; asimismo, todo aquel al cual se le imponía una estrella en su hombro, tenía en la época de los represivos regímenes militares algo así como una especie de licencia para delinquir, desde las distintas dependencias públicas en las cuales tenían pleno dominio, verbigracia, la Fuerza de Seguridad Pública (FUSEP), la Empresa Hondureña de Telecomunicaciones (Hondutel), la Marina Mercante, entre otras, y en negocios ilícitos como el narcotráfico y el lavado de activos. ¡Y qué decir del horroroso papel que tuvieron al mando de la Dirección Nacional de Investigación (conocido como el DIN) y del escuadrón 3-16, cuando en la década del ochenta hicieron desaparecer a casi dos centenares de hondureños y extranjeros, en el marco de la Doctrina de Seguridad Nacional implementada por el carnicero Gustavo Álvarez Martínez! (mi papá, que en ese tiempo era dirigente magisterial, se salvó por suerte de las garras de este animal, luego de dos detenciones ilegales y una captura a plena madrugada que logró evitar gracias al “chisme” oportuno).
Mala imagen tenían los militares, por irrespetuosos a la Ley, transgresores del Estado de Derecho, narcotraficantes, asesinos y corruptos.
En lo personal, nunca olvido las violentas redadas que hacían los militares para hacer cumplir “a palos” el Servicio Militar Obligatorio, esa cacería de muchachos para engrosar cuarteles y justificar las millonarias transferencias realizadas a cada batallón, esos que estaban vacios cuando se presentó el conflicto bélico con El Salvador; tengo aun en mi mente la manipulación mediática y judicial que hicieron cuando murió la normalista Riccy Mabel Martínez, cuando intervenían como “Pedro por su casa” en la Universidad con la autorización del Rector Oswaldo Ramos Soto, y cuando traficaron influencias para convertirse en prósperos empresarios a través de industrias, agencias comerciales y empresas de servicios relacionadas al Instituto de Previsión Militar (IPM).
Por estas y muchas otras cosas más, siempre me fueron repugnantes, y aun y cuando se les despojó del DIN y de la Policía Nacional, se interpretó que el Fuero Militar solamente era aplicable a delitos de naturaleza estrictamente militar y no de inmunidad a coroneles y generales, se aprobó el Servicio Militar Voluntario, se eliminó la Jefatura de las Fuerzas Armadas, y se les quitaron privilegios y prebendas, el mal sabor de boca continuaba ahí; a pesar que en la última década han estado con la cola entre las patas, “agüevados”, de bajo perfil y en bancarrota por la impericia empresarial que salió a flote luego de no contar con las canonjías de antaño, los militares siempre me parecieron peligrosos.
Por lo antes mencionado, fue que hace algunos meses, había escrito sobre la necesidad de eliminar las FFAA, y crear una milicia de reservistas que garantizara la preparación de la ciudadanía para atender el llamado del Estado en tiempos de guerra; de igual forma, proponía la creación de la Fuerza de Seguridad Fronteriza y el traslado de todo el recurso logístico y humano de las FFAA al fortalecimiento de la Policía Nacional. Estaba seguro que los militares vegetaban, que a diario rememoraban los 'buenos' viejos tiempos y no dudarían ni un tan solo segundo en hacer lo que fuese necesario para volver a tener el protagonismo que antiguamente habían tenido.
Y así sucedió. El domingo 28 de junio de 2009, en la madrugada, un comando militar capturó y expatrió al presidente José Manuel Zelaya Rosales, interrumpiendo su mandato constitucional, complicando nuestro ya complejo ambiente político y golpeando nuestra enclenque Democracia; y no les bastó violar nuestra Carta Magna, sino que los días posteriores al Golpe, han violado sistemáticamente los derechos humanos de los hondureños y hondureñas que protestan en las calles contra los usurpadores, poniendo –nuevamente- la bota militar sobre el cuello ciudadano.
Ahora, ahí Roberto Micheletti Bain le levanta el brazo al “héroe” Romeo Vázquez Velásquez, y el General elocuentemente –cual hábil orador político- eleva la voz en discurso que hace delirar a los “camisas blancas”, y días después, la Junta de Comandantes, vestidos todos de moteados van donde Renato Álvarez, “frente a frente”, a opinar sobre temas del diario acontecer y para informar –ridículamente- que frenaron en Honduras “un Socialismo disfrazado de Democracia” y que habían salvado, incluso a los Estados Unidos, pues el socialismo ya iba camino a implantarse en el mero corazón de Washington. Irreverentes ante el poder popular y ante el remedo de “Comandante General” que tienen ahora, mediante pronunciamiento público hacen saber que apoyan el Plan Arias, el “Acuerdo de San José”, adelantándose a lo que pudieran decir sus jefes, revitalizan “Proyecciones Militares” y hasta pautan spots televisivos, y Radio Globo tuvo "en vivo" a Vázquez Velásquez, quien fue sometido a los latigazos de la Primera Dama, quien le reclama por la traición. Por otra parte, están los cuadros intermedios que justifican jurídicamente las razones de “necesidad” para perpetrar el golpe de Estado, que son más deliberantes que Elvin Santos y Porfirio “Pepe” Lobo, y aparecen tanto en los medios de comunicación que compiten con los integrantes de la selección nacional de futbol. En fin, dejaron el cuartel para estar frente al micrófono y las cámaras de televisión.
En la actualidad, los militares son machos sin dueño, no le hacen caso a ninguna autoridad, y pese a que dicen ser “obedientes”, está claro que solamente se doblegan a sus más íntimos intereses, que tienen directa relación con recuperar el protagonismo perdido en el pasado, a reconquistar su pedazo del pastel gubernamental y a actuar impunemente, protegidos por los operadores de justicia y el gobernante de turno. La cúpula militar quiere imitar a Álvarez Martínez y se sienten cómodos con tener en Casa Presidencial a un “mandatario” que les haga los mandados.
Esta claro que el presidente Zelaya Rosales los envalentonó, les dio recursos que no merecían, así como la confianza que traicionaron. Yo comparto con Armando Sarmiento que fue un gran error haberles dado tanto dinero, y haber fortalecido sus capacidades; los militares traicionaron a quien los trató con respeto y consideración, sin entender que en los cuarteles no entienden de cortesías y buenos tratos. Hoy en día, el cuerpo armado no es profesional, ni apolítico, ni obediente y mucho menos no deliberante. Las FFAA son “macho sin dueño”.
Y en estas condiciones, el Pueblo debe darse cuenta que “muerto el perro, muerta la rabia”. La única forma de parar a esta fiera, es aniquilándola. No tiene sentido seguir manteniendo a unas Fuerzas Armadas, que son una amenaza para Honduras, ¿Perderemos mucho eliminándolas?
Tegucigalpa, MDC – 7 de agosto de 2009
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